Fomentar el autocontrol para educar a niños felices

Ficha Tamara

El autocontrol es la capacidad de autodirigir, de forma voluntaria y adaptativa, nuestros deseos y pensamientos  en función de las características y necesidades del contexto.

A pesar de comenzar a establecerse con el inicio del proceso de socialización, durante el primer año no existe apenas autocontrol: el niño se encuentra determinado por su entorno y se deja guiar por los estímulos que le rodean. Meses después, comienza a ser consciente de aquello que los demás esperan de él, pudiendo así obedecer voluntariamente.

En el periodo de los 25 y 30 meses, coincidiendo con la adquisición de habilidades verbales, logran un mayor dominio de sí mismos gracias al lenguaje, permitiendo la expresión de sus emociones, intenciones o deseos.

Sin embargo, aunque comienza a ser más evidente a partir de los dos años, muchos niños presentan dificultad para gestionar sus pensamientos, mostrándose impulsivos e incapaces de reflexionar acerca de las consecuencias de sus actos. A ello, se le añade la problemática que supone mantener la atención o la frustración ante la resistencia de la tentación, viéndose obligados, finalmente, a satisfacerla de forma instantánea.

Esta impaciencia se encuentra impulsada, en ocasiones, por las equívocas, e inconscientes, actuaciones de muchos padres en un intento de dar respuesta inmediata a cuales sean las demandas de los más pequeños, olvidando la transmisión de ciertos valores tales como la autonomía, constancia o el esfuerzo y, en fin último, el autocontrol como medio a través del alcanzar las metas propuestas.

No obstante, más allá de la intervención de los padres, el resto de agentes sociales incide de forma directa sobre la experiencia del niño, suponiendo un reto para el desarrollo de esta capacidad. La escuela, la relación entre iguales o la influencia de los medios de comunicación, promueve, en infinidad de casos, una cultura que se rige por el resultado, despreciando los matices del proceso, del viaje, y con ello, fomentando la mencionada necesidad impertinente por satisfacer su deseo a cualquier precio.

Las negativas consecuencias de adoptar esta conducta resultan más destacadas a largo plazo, cuando la incapacidad por controlar la frustración supone una limitación para el desarrollo de cualquier actividad que emprendamos.

Por ello, desde la neurociencia se proponen estrategias para la mejora de esta capacidad, como es el caso de las basadas en la distracción, logrando aminorar la tentación “Lo haré pero más tarde”. Estas abogan por la ocupación de nuestro tiempo o pensamiento en cualquier otra tarea con la intención de que, progresivamente, descienda el comportamiento impulsivo, pudiendo así ser dueños de nuestras decisiones finales.

Para comprender por qué nos mostramos tan impacientes por la satisfacción de nuestro impulso, debemos preguntarnos lo que sucede en nuestro cerebro cuando sentimos este deseo incontrolable.

Podría resumirse en que, al segregar dopamina (motivado por ese deseo), activamos los centros de recompensa del cerebro, conociendo que esa satisfacción va a producir placer. A ello, se le añade el hecho de que, el cerebro, va a generar unas hormonas estresantes, con la intención de alcanzar el objetivo con la mayor brevedad. Así, si esto no sucediera, podríamos ser más pacientes y pensar con calma ante situaciones estresantes.

Por tanto, habiendo comprendido la necesidad de fomentar esta conducta desde los primeros años para lograr educar a niños felices, os presento algunos consejos que pueden contribuir a esta mejora, ya que, como he comentado, los efectos negativos persisten a largo plazo, entorpeciendo el desarrollo integro de la persona en todos los aspectos de su vida.

  • Fortalecer la autoestima de los niños.
  • Seleccionar y establecer metas apropiadas al desarrollo y capacidades del niño (de menos a mayor dificultad).
  • Reforzar los logros conseguidos y animar para intentando aquellos que se esperan.
  • Fijar normas concretas en cuanto a las consecuencias de sus impulsos. Debemos establecer pocas normas a la vez para facilitar su cumplimiento, siendo consistentes en la aplicación de  las consecuencias.
  • Recurrir a técnicas de relajación para disminuir la intensidad de los estados emocionales.
  • Dotar de responsabilidades de forma progresiva para fomentar su autonomía.
  • Fijar horarios fijos y rutinas diarias durante los primeros años,  ayudando a tener un mayor control sobre uno mismo, facilitando así la interiorización de los comportamientos.

Por último, debemos estar atentos de mostrarnos como un modelo de autocontrol, ya que imitarán nuestras conductas, facilitando así la adquisición de hábitos positivos.

En definitiva, debemos educar, tanto desde casa como en la escuela, para lograr que nuestros niños sean críticos y reflexivos, ayudándoles a pensar antes de actuar, centrando nuestra atención más allá de los contenidos curriculares.

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