¿Flippeamos?

Tamaraficha

Hacer de nuestros alumnos y alumnas personas con pensamiento crítico requiere, sin duda, una considerable inversión de tiempo en clase. Siendo este un escaso recurso, y  necesario para satisfacer el currículo, al que algunos tratan como un ente superior, poseedor de toda sabiduría (a pesar de no haberlo abierto, desconociendo su capacidad de adaptación, y conformándose con “su versión de bolsillo”: desglosado en programaciones de aula,  diseñadas por las queridas editoriales, indicando en libros de texto: intencionalidad, propuestas didácticas, competencias…en fin, nadie cuestionaría su carácter facilitador, aunque cabría preguntarse “a qué precio”: probablemente al de convertirnos en esclavos de sus propuestas).

No obstante, la relación entre el cumplimiento del libro de texto y el de unos objetivos que garanticen una educación integral se encuentra bastante distante. Quizás sea ese el problema, el erróneo establecimiento de fines, aunque os aseguro que el de “terminar el libro, sea como sea, antes de las vacaciones de verano“, aún (nunca se sabe lo que las maravillosas reformas educativas pueden llegar a proponer) no se encuentra recogido en ningún decreto, podéis quedar tranquilos.

De cualquier modo, lo interesante en este ámbito es, como decíamos, ser capaces de aprovechar este preciado recurso del que hablábamos: el tiempo. Así que, ¿y si para ello flippeamos?

Flipped Classroom, a pesar de haber tenido su entrada triunfal en educación hace unos años, cuenta también con detractores que encasillan a esta metodología como sinónimo de video online, asegurando la devaluación del papel del docente a partir de su uso.

Sin embargo, esta justificación se desvanece en el momento en el que se reconoce la interacción y las actividades de aprendizaje significativo (que ocurren cara a cara profesor-alumnos) como aspectos esenciales de la metodología. Por tanto “flippear” el aula no es editar y distribuir un vídeo.

De este modo, y tras conocer lo que no es, algunos aún os estaréis preguntando en qué consiste este modelo centrado en la eficacia pedagógica, sin duda, superior a la del sistema tradicional.

Concretamente, se trata de un modelo pedagógico que combina métodos constructivistas con el incremento de la implicación del alumnado, permitiendo la transferencia de ciertos procesos de aprendizaje fuera del aula. De este modo, se plantea la utilización del tiempo de clase para potenciar otros procesos.

Partiendo de este supuesto, la innovación educativa que supone este modelo contribuye, entre los aspectos positivos destacados, a la atención individualiza del alumnado beneficiando, favoreciendo, a su vez,  la atención a la diversidad. Asimismo, la integración de las familias en el proceso y la posibilidad de volver a acceder a los contenidos generados son también beneficios asociados a este método.

Por otro lado, en el momento de su integración, también se deberán tener en cuenta otros elementos tales como el proceso de asimilación por parte de los estudiantes, las edades o niveles más propicios para flippear la clase o la formación para el docente. No obstante, ninguna de ellas supondrá un impedimento, aunque sí requerirá la adaptación que cada caso requiera.

En esta línea, seamos conscientes de que todas las propuestas tendrán siempre aspectos positivos y negativos, pero debemos ser capaces de rescatar lo mejor de cada una de ellas, poniéndolas al servicio de nuestros alumnos y alumnos en la búsqueda de una educación significativa y de calidad.

En definitiva, no olvidemos que lo relevante llega en el momento de realizar las actividades de consolidación del contenido en el aula, ensalzando, para ello, su realización a través de aprendizaje cooperativo. Asimismo, la función del docente es vital para lograrlo, siendo el objetivo personalizar la enseñanza, permitiendo adaptarse a diferentes ritmos de aprendizaje y favoreciendo la implicación del alumnado a partir de su papel activo y control de su propio aprendizaje.

Entonces… ¿flippeamos?

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Un comentario en “¿Flippeamos?

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